Cuando aprendemos salsa en una escuela de baile, hay una frase que escuchamos casi desde el primer día:
«Un, dos, tres… cinco, seis, siete».
¿Que pasó con el cuatro y el ocho? ¿Por que utilizamos numeros para bailar?
La música no tiene un compás de ocho tiempos
La música que utilizamos para bailar salsa está organizada en compases de 4/4. Es decir, cada compás contiene cuatro pulsos: 1 – 2 – 3 – 4, Y cuando termina, comienza otro: 1 – 2 – 3 – 4.
Por tanto, cuando un músico está leyendo una partitura no necesita llegar necesariamente hasta ocho para definir el compás. Al terminar el cuarto tiempo empieza un nuevo compás.
Entonces, ¿de dónde sale nuestro famoso: 1 – 2 – 3 – 4 – 5 – 6 – 7 – 8?
Del bailarín.
El ocho es, sobre todo, una herramienta para bailar.
Para enseñar baile resulta muy práctico agrupar dos compases musicales de cuatro tiempos y numerarlos de manera consecutiva.
Así, en lugar de decir: 1 – 2 – 3 – 4 | 1 – 2 – 3 – 4
el profesor dice: 1 – 2 – 3 – 4 | 5 – 6 – 7 – 8
Musicalmente siguen siendo dos compases de cuatro tiempos. Pero pedagógicamente hemos construido un ciclo de ocho tiempos para el bailarín.
De ahí procede nuestro conocido:
1, 2, 3… 5, 6, 7.
Normalmente realizamos acciones o cambios de peso en 1, 2, 3 y 5, 6, 7, mientras que 4 y 8 se utilizan como tiempos de transición, pausa o continuación del movimiento, dependiendo del baile y del paso.
Por eso conviene decirlo con precisión: la música no se ha convertido en un compás de ocho tiempos. Somos nosotros, los bailarines, quienes hemos agrupado dos compases para facilitar la enseñanza y organizar el movimiento.
Podríamos afirmar que Eddie Torres, el legendario bailarín y maestro neoyorquino no inventó el mambo, no inventó bailar en el tiempo 2 y tampoco inventó los ocho tiempos. Los bailarines llevaban décadas bailando antes de que existiera el método que hoy asociamos a su nombre.
Su importancia está en otra parte.
Eddie Torres contribuyó enormemente a sistematizar y popularizar una manera de explicar el baile mediante números, especialmente en la enseñanza del mambo neoyorquino On2.
Él mismo ha explicado que aprendió inicialmente como habían aprendido muchos grandes bailarines anteriores: mirando, escuchando, imitando y bailando. Se podía bailar perfectamente en tiempo sin necesidad de saber explicar intelectualmente qué número correspondía a cada movimiento.
Pero Torres aprendio con el tiempo que saber bailar y saber enseñar a bailar son dos habilidades diferentes.
Para enseñar había que ser capaz de explicar lo que el cuerpo hacía intuitivamente. Había que contar. Había que identificar los tiempos. Había que organizar los pasos. Había que poner nombres a determinados movimientos y había que conseguir que otra persona pudiera reproducir aquello sin haber crecido necesariamente dentro de esa cultura de baile. El número se convirtió así en un lenguaje pedagógico.
Contar no significa necesariamente bailar mejor
Esta distinción es importante.
Un bailarín puede ejecutar perfectamente: 1, 2, 3… 5, 6, 7 y, sin embargo, tener poca comprensión de la música.
Porque los números nos indican dónde estamos temporalmente, pero no nos cuentan todo lo que está ocurriendo musicalmente.
El conteo funciona como un mapa. Nos ayuda a localizar el movimiento dentro de la estructura musical, pero el mapa no es la música. Cuando un profesor dice: «Cinco, seis, siete…» está proporcionando al alumno unas coordenadas. Está diciéndole dónde se encuentra dentro del ciclo que hemos construido para organizar el baile. Pero la música contiene mucha más información: melodía, fraseo, percusión, bajo, piano, contratiempos, silencios, llamadas, respuestas, acentos y cambios de dinámica.
Ahí empieza la diferencia entre contar la música y escucharla. Antes de los números estaba la música
Quizá esta sea la reflexión más importante.
Antes de que las escuelas estuvieran llenas de profesores diciendo: «¡Cinco, seis, siete, ocho!» ya había gente bailando. Y bailaba extraordinariamente bien. El baile popular no nació de una hoja llena de números. Nació de una relación entre música, cultura, cuerpo y movimiento.
Después llegó la necesidad de transmitirlo de manera organizada a cientos y posteriormente miles de alumnos. Y ahí el conteo se convirtió en una herramienta extraordinariamente eficaz.
La aportación de maestros como Eddie Torres fue precisamente ayudar a construir ese puente entre saber bailar y saber explicar cómo se baila.