¿Un gran bailarin es un gran profesor de baile?

Clase de salsa con sabor cubano

¿Ser un gran bailarín o bailador es sinónimo de ser un buen profesor?

¿Qué es lo que en realidad buscamos cuando acudimos a una escuela de baile, pagamos por sus servicios y asistimos a sus clases?

Está claro que no se puede generalizar y que una pequeña parte de los alumnos acude para poder socializar, para hacer una actividad diferente, para integrarse en nuevos grupos sociales, dejar atrás quizá un pasado y empezar una nueva etapa. Pero sí podemos afirmar que la mayor parte de las personas que acuden y se inscriben en una academia de baile lo hacen porque quieren aprender a bailar.

Y aquí es donde me gustaría hacer también un matiz: ¿cuál es la naturaleza de una academia de baile que, como la mayoría, se engloba dentro de la enseñanza no reglada?

Esto es, una enseñanza que no conlleva la obtención de una titulación oficial para el desarrollo de la danza como actividad profesional.

Su naturaleza es enseñar a bailar de manera social, como hobby, como fórmula de escape, como una actividad que podamos disfrutar en nuestro tiempo libre.

Por lo tanto, podemos deducir de todo esto que la finalidad de la mayoría de los alumnos que se inscriben en una academia de baile de enseñanza no reglada es aprender a bailar de forma social: en salones de baile, fiestas, congresos, discotecas, etc.

Pues bien, expuesto todo esto, iré directo al meollo de la cuestión.

Aprender a bailar de manera social no es fácil, y mucho menos lo es saber transmitir los conocimientos necesarios para que un alumno aprenda y sea capaz de llevarlos a la práctica.

Enseñar una coreografía necesita tiempo y dedicación, pero una vez aprendida, casi cualquiera con un mínimo de dedicación e interés puede llevarla a término y sorprender a cualquiera sobre un escenario.

El problema es que, erróneamente, algunos alumnos creen que bailar en un escenario con una coreografía aprendida es lo mismo que bailar socialmente en una pista de baile.

Y no lo es.

Bailar socialmente requiere unos conocimientos sobre las reglas del baile que pretendemos desarrollar. Requiere también conocimientos sobre la guía y el seguimiento, sobre esa comunicación no verbal entre ambas partes que hace que el baile fluya y que los dos bailadores sean capaces de hablar el mismo idioma sin necesidad de decir una sola palabra.

Y es en este punto donde quiero retomar la pregunta con la que empecé este post:

¿Es necesario que un buen profesor sea un gran bailarín?

¿Todos los grandes bailarines son buenos profesores?

Os responderé con otra analogía.

¿Quién os enseñó a conducir un coche cuando sacabais el carné de conducir en una autoescuela de barrio?

¿Era un gran piloto famoso, de reconocido prestigio en Fórmula 1 y competiciones internacionales?

Seguramente no.

Era un profesor que sabía conducir, por supuesto, pero cuya verdadera profesión consistía en algo muy diferente: saber enseñar a conducir.

Y ahí está, para mí, la gran diferencia.

Un buen profesor de baile tiene que saber bailar, evidentemente. Tiene que conocer aquello que enseña, dominar sus fundamentos y ser capaz de ejecutarlos correctamente. Pero ser un extraordinario bailarín no garantiza ser un extraordinario profesor, del mismo modo que ser un extraordinario piloto no convierte automáticamente a alguien en un buen profesor de autoescuela.

Enseñar requiere otras cualidades.

Requiere saber observar, detectar dónde está el problema, entender por qué un alumno no consigue realizar un movimiento y encontrar distintas maneras de explicárselo. Requiere paciencia, empatía, capacidad de comunicación y, sobre todo, una metodología.

Porque no todos aprendemos de la misma manera ni al mismo ritmo.

Un buen profesor no es necesariamente aquel que hace la demostración más espectacular delante de sus alumnos. Es aquel que consigue que sus alumnos bailen mejor.

Y quizás esa sea la forma más sencilla de valorar a un profesor: no mirar únicamente cómo baila él, sino mirar cómo bailan sus alumnos.

Al final, cuando acudimos a una escuela de baile, no estamos pagando para contemplar al profesor.

Estamos pagando para que el profesor nos enseñe a nosotros.

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