Cuando hablamos de musicalidad en la salsa y, especialmente, en la música popular cubana, tarde o temprano aparece un concepto que puede resultar desconcertante: la licencia de clave.
Para entenderlo debemos partir de una idea básica. La clave no es solamente el instrumento formado por dos pequeños palos de madera. Es, sobre todo, un patrón rítmico que organiza buena parte de la música cubana y sirve como referencia para la relación entre percusión, bajo, piano, metales, voces y demás elementos del arreglo.
En la música que habitualmente bailamos podemos encontrarnos con la clave orientada 2-3 o 3-2. Es decir, dentro de sus dos mitades tenemos una parte con dos golpes y otra con tres.
En condiciones normales, esas dos partes se alternan:
2 – 3 – 2 – 3 – 2 – 3…
o, si comenzamos desde el otro lado:
3 – 2 – 3 – 2 – 3 – 2…
Pero ¿qué ocurre cuando el compositor o el arreglista necesita modificar esa estructura porque la propia música se lo pide?
Ahí empieza lo interesante.
¿QUÉ ES UNA LICENCIA DE CLAVE?
En determinados arreglos cubanos podemos encontrarnos con que, para mantener la coherencia de lo que está haciendo musicalmente la orquesta, uno de los lados de la clave tendría que repetirse dos veces consecutivas.
Podríamos encontrarnos, por ejemplo, con:
2 – 3 – 3 – 2 – 3…
o:
3 – 2 – 2 – 3 – 2…
Es lo que posteriormente se ha explicado como una licencia de clave 3:3 o 2:2, dependiendo de cuál de los dos lados se repita.
Dicho de una manera sencilla: durante ese momento se rompe deliberadamente la alternancia que esperaríamos de la clave.
Y esto es importante: no significa que los músicos se hayan equivocado ni que la orquesta se haya “ido de clave” accidentalmente. El arreglo ha provocado deliberadamente esa situación porque musicalmente funciona.
Kevin Moore, en sus estudios sobre la música cubana contemporánea, utiliza precisamente el término Clave License para diferenciar este procedimiento de otros cambios de orientación de la clave en los que esta continúa alternándose normalmente 2-3-2-3, aunque la estructura de la canción haga que percibamos una inversión de 2-3 a 3-2 o viceversa.
JUAN FORMELL Y LA «LICENCIA DE CLAVE»
Aquí aparece una de las figuras fundamentales de la música popular cubana moderna: Juan Formell, fundador y director de Los Van Van.
Conviene hacer una precisión histórica. No deberíamos afirmar simplemente que Juan Formell fue el primer músico que realizó un cambio de este tipo. Los cambios de orientación y las alteraciones relacionadas con la clave forman parte de una historia musical mucho más amplia.
Lo que sí está documentado es que Formell utilizó la expresión “licencia de clave” para explicar su manera de entender este fenómeno.
La referencia procede de una entrevista realizada por la pianista, compositora y musicóloga Rebeca Mauleón-Santana a Juan Formell, recogida en su libro 101 Montunos, publicado en 1999.
Formell explicaba que en ocasiones es inevitable “saltar” la clave para favorecer el desarrollo de una pieza. Su planteamiento era que no debía sacrificarse la calidad o la fluidez de una composición únicamente para mantener de manera rígida la orientación convencional de la clave.
De ahí esa magnífica expresión:
«Licencia de clave».
La idea recuerda deliberadamente a la licencia poética. Del mismo modo que un escritor puede romper conscientemente una regla por una razón expresiva, el músico puede permitirse alterar momentáneamente la estructura esperada de la clave si el resultado musical lo justifica.
Kevin Moore explica que el término procede precisamente de aquella entrevista de Mauleón con Formell y desarrolla posteriormente la clasificación entre licencias 2:2 y 3:3.
«SANDUNGUERA»: UN EJEMPLO PERFECTO
Uno de los ejemplos más interesantes para comprenderlo lo encontramos precisamente en Los Van Van, en el tema «Por encima del nivel», popularmente conocido como «Sandunguera».
En una de sus secciones ocurre algo curioso.
Si comenzamos siguiendo la clave y tratamos de mantenerla de manera completamente regular durante toda la frase, llega un momento en el que nuestra referencia deja de encajar con naturalidad con lo que está haciendo la música.
¿Por qué?
Porque la estructura contiene una extensión que altera la simetría que esperábamos.
La solución musical utilizada provoca lo que Moore analiza como una licencia de clave 3:3: el lado de tres se repite antes de continuar con la nueva orientación.
Por tanto, en lugar de tener siempre:
3 – 2 – 3 – 2
durante ese cambio aparece:
3 – 3
y posteriormente continúa la estructura.
Curiosamente, cuando esa sección vuelve a repetirse, la canción recupera posteriormente su orientación mediante otro procedimiento diferente. Esto convierte a Sandunguera en un ejemplo especialmente interesante para estudiar cómo una gran orquesta cubana puede tratar la clave con enorme libertad sin que la música pierda coherencia.
¿Y QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTO CON EL BAILARÍN?
Muchísimo.
Aunque el bailarín no tenga conocimientos musicales suficientes para decir:
«Acaba de producirse una licencia de clave 3:3»,
puede sentir que algo ha ocurrido.
Y aquí volvemos a algo sobre lo que insisto mucho cuando hablo de musicalidad.
Musicalidad no consiste en memorizar que en el minuto 2:17 de una canción determinada tenemos que hacer un movimiento porque coincide con un golpe de los metales.
Eso es aprenderse una canción.
La verdadera musicalidad consiste en desarrollar la capacidad de escuchar, anticipar y reaccionar ante la estructura de la música, incluso cuando estamos bailando una canción que nunca habíamos escuchado anteriormente.
Ante una licencia de clave, un bailarín musical no tiene necesariamente que detenerse a contar ni realizar una operación matemática mientras baila. De hecho, dependiendo de cómo esté construido el cambio, puede que ni siquiera necesite modificar su patrón básico de pies. En el análisis de Sandunguera, Moore señala precisamente que este tipo de licencia puede pasar prácticamente inadvertida para los pies del bailarín.
Pero un bailarín con un oído desarrollado sí puede percibir el cambio de intención de la música.
Puede aprovecharlo para hacer una pausa, prolongar un movimiento, modificar un desplazamiento, utilizar un movimiento corporal, reducir momentáneamente la cantidad de figuras, jugar con su pareja o simplemente dejar que la música respire.
No existe un paso obligatorio que haya que ejecutar cuando aparece una licencia de clave.
Precisamente ahí está la diferencia entre bailar siguiendo una receta y bailar escuchando la música.
LA CLAVE NO ES UNA CÁRCEL
Quizá esta sea una de las enseñanzas más interesantes de la expresión utilizada por Juan Formell.
La clave es uno de los grandes pilares organizativos de la música cubana, pero eso no significa que la creación musical tenga que convertirse en prisionera de una interpretación absolutamente rígida de ella.
Formell defendía que, si para preservar el flujo y la calidad de una pieza era necesario “saltar” la clave, podía hacerse. Esta concepción quedó resumida en esas dos palabras: licencia de clave.
Y para nosotros, como bailarines, hay otra enseñanza.
Podemos aprender los tiempos. Podemos estudiar la clave. Podemos reconocer el 1, el 5, el 2 o el 6. Podemos entender qué es un montuno, un mambo, una bomba o un bloque.
Todo eso nos proporciona herramientas.
Pero el objetivo final no debería ser convertir el baile en una operación matemática.
Debería ser exactamente el contrario:
conocer suficientemente la música para dejar de perseguir los números y empezar realmente a escucharla.